July 12, 2006

MINERALIZACION




La noche esta desnuda como una diosa en actitud lejana,

huelen sus pechos a cobre profundo y lácteo.

Cada estrella que se consume a sí misma,

¡ en este silencio que duele hasta los huesos,

arde con el mineral interregno del corazón!

Camino por las arterias solitarias de la mina

acompañado sólo por el vuelo de esta mariposa de mi casco,

pisó el tiempo detenido, y escuchó el eco con sus loicas invisibles

¡cómo me muestran las vetas abiertas de sus pechos!

En esta larga muerte que aquí clava sus raíces de abandono,

el grillo de mi pecho está cavando en los socavones de la noche,

buscando los racimos de sal que en esta subterránea vía láctea

que ayer ardiera en las frentes de los obreros como soles.

He aquí la desmemoria de Sewell.

Al paso de mi mano por los huesos de sus soledades,

alzan su cruces vacías aquellas sombras

que aún habitan entre los sarmientos de esta rosa herida;

son los que mueren con las hojas que caen de la luna,

son los mismos que lloran en los zapatos marchitos que ya nadie les da vida,

son los mismos que me miran desde los ojos vacíos de las ventanas,

son los que me reciben en las puertas que ya nadie abre, salvo la noche.

Son los mismos nombres que siendo niño escuche de boca de mi padre

y que vienen hasta mi puerta cuando arde el olvido con su broza.

Aquí, en esta greda mi mano entra y se humedece

con el dolor deshuesado de lo que no tiene tumba.

Esta es la hora del oleaje frío que sopla sal desde la nostalgia,

el sitio abandonado donde mi pecho acoge el silencio de estas estrellas

que lloran desnudas, como Dios, cobre puro en la noche sewellina.

En el fondo de la mina el padre de mi padre

me dejó la poesía en las piedras que lo hirieron,

hoy yo las rompo con mis manos, las abro como rosas,

arrancando de sus entrañas estos versos que aquí caminan.

Desde el fondo de la mina una procesión de lámparas

baja por las escaleras del campamento, y se dispersa entre los edificios.

Desde el fondo de la mina viene un manantial de rumores,

sombras que alargan sus raíces minerales en el silencio que se oxida,

nombres que solamente el viento ha guardado en su memoria;

Pedro Matapalos ríe, y su cascada cristalina retumba en los pasillos solitarios.

Manuel Buitrero fuma, y el humo del cigarro se diluye como sus pulmones.

Luis Palanquero hace señales con sus ojos y el metalero de su sangre

descarga en su mujer todo el mineral que le llena de fuego las arterias.

José Buzonero se juega al monte no solo el pan de cada día.

Colipi Jornalero, que tiene una pena parida bajo las araucarias,

siente las brazas del aguardiente quemando en sus entrañas

y en sus labios los besos de Guacolda Ñanculao,

que allá en Licantén cópula bajo la misma noche que él bebe.

Juan Minero se despierta sudoroso en la fría noche sewellina

viendo el cuerpo destrozado de su “gancho” en el fondo del pique;

y como un hombre en la soledad de su cama Juan llora como un niño.

Desde el fondo de la mina el alba se levanta, desnuda y perfumada.

Sewell amanece con los ojos húmedos de cobre.

Yo los vi de niño desde mi ventana,

los vi subir hacia la mina por las escalas del campamento

contando los peldaños del tiempo hacia el olvido,

ellos dejaron en cada piedra algo de sus propias vidas

que en los crisoles de Caletones fue fundido junto con el cobre:

el oro de los maizales y los soles de las viñas de Doñihue,

las sombras ancestrales de las araucarias de Temuco,

el canto de los mimbres de Chimbarongo,

el tejido del viento en los eucaliptos de Machali,

el rocío perfumado de los aromo de Loncoche,

el guitarreo de los arroyos esmeralda de Osorno,

la soledad de los sauces del Cachapoal,

¿será por esto que el cobre huele a Chile?.

Yo los vi de niño volver desde la mina,

sudorosos y cobrizos, oliendo a las rosas de la pólvora.

Eran los mismos rostros y puños que en la huelga,

que agitaba el campamento con su oleaje solidario,

alzaban su sangre en la asamblea obrera envuelta en llamas.

Y los mismos ojos que lloraron

cuando el lenguaje breve y violento de la dinamita

rompió junto con la roca, las carnes y los huesos.

Y las mismas manos que cavaron en la nieve asesina

buscando al hijo o al compañero sepultado.

Eran los mismos que vi en cuatro negras vetas,

los brazos cruzados sobre el pecho, amortajados en el alba,

zarpar con el silencio hacia el verde valle de Rancagua

para devolver a la tierra lo que la misma tierra había prestado.

Yo los vi de niño, escupir sangre y cobre,

cuando la silicosis cobraba su cruel impuesto,

y se abría pasos con sus garras por rosadas vetas alveolares.

¡Y éste era acaso el cobre más puro de mi patria. !

Y yo los vi de niño

yendo y viniendo por las lunas rotas de los andes;

entonces ellos en los brazos de una aurora sewellina

amaban y sudaban en las vetas perfumadas de la carne,

solamente allí, aferrados a la angustia y a la tierra,

ellos, los que vi de niño desde mi ventana,

se olvidaban de la muerte.

Desde el fondo de la mina

traje en mi corazón el verdadero mineral de estas montañas,

eran los nombre que escuche cuando niño de boca de mi padre,

porque donde estuvieron ellos con sus manos y sus sueños cavando,

yo cavé con mis propias manos hasta tocar el centro del olvido.

Desde el fondo de la mina,

baje por las escalas de Sewell en el alba hacia los recuerdos

y como aquellos que vi pasar de niño desde mi ventana,

una rosa me quema los huertos alveolares para siempre con su ira.

Mientras las diosas de la noche se rompen en las altas copas de los andes,

¡Yo, poeta minero y sewellino, amanezco con el corazón en cobre convertido!.

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